
Tres fotos y una misma cara. Puede uno, incluso, superponerlas y comprobar que el rostro es exactamente el mismo. No así los trajes, cada uno diferente, cada uno de uno de los tres ejércitos: tierra, mar y aire.
Tres posturas corporales diferentes, más o menos girado, y sin embargo, el mismo rostro, el mismo gesto, una coincidencia de pose, tan perfecta, que los analistas de un periódico ha comparado el rostro y hasta la pupila coincide a la perfección.
Se trata de la nueva foto oficial del Príncipe Felipe, proporcionada por la casa real, que por cierto, niega totalmente que se trate de un trabajo de Photoshop. El caso es que tampoco sería la primera vez; en ocasiones anteriores se han visto fotos retocadas, en algunos casos de forma un tanto burda. Y tampoco sucedería nada; simplemente se ha sacado una buena foto, y atendiendo a las múltiples aplicaciones que, de seguro, ocupan su agenda; pues se ha tirado de programa de retoque y se ha usado para las fotos oficiales con los diferentes trajes oficiales con los que debe, por cuestión de protocolo, aparecer.
Lo que no deja de asombrar, es el empecinamiento en la negación; la práctica de mentir para encubrir algo, que a fin de cuentas tampoco es tan grave. Me recuerda un poco una teoría de un amigo: miente, y si te cogen, aún ante la evidencia mas palmaria, mantén la mentira que dijiste en su momento; si hace falta, niega, siéntete perseguido, pero jamás, ¡¡jamás!! Aceptes haber mentido.
¿Qué necesidad tiene la Casa Real de mantener lo que, según las evidencias, en una mentira?. La verdad, ninguna. Creo que a veces a nosotros puede sucedernos lo mismo. Pretendemos negar la evidencia, mantener una ilusión, una apariencia de normalidad, de que todo va bien, aún cuando en realidad nos encontremos al borde del abismo, sumidos en un proceso de autodestrucción. Y ante la evidencia, nada mejor que el empecinamiento, la negación, acumular mentira sobre mentira.
Fíjate. Todo el mundo es bueno, nadie es pecador; nadie ha hecho “nada tan grave” como para ser considerado “pecador”, o culpable de algo. Pregunta por la mentira, por el odio, o por casi cualquier cosa; verás como en seguida aparece el automatismo de la negación: "es una mentira piadosa”, “no tiene importancia”, “se lo merece”, “no es culpa mía”, “soy un enfermo” o “las cosas son así”. Cualquier cosa menos aceptar la realidad: soy un pecador y peco… Y sin embargo, ese es el único camino hacia la autentica libertad; el arrepentimiento, que comienza por un reconocimiento, sin paños calientes, de nuestra situación; y, cómo no, un cambio de destino, aunque esto último será cosa a tratar otro día; limitémonos hoy al reconocimiento. No es posible acercarse a Dios de otra manera, no es posible evitar este paso; la palabra dice: “arrepentíos y creed”; esta diciendo que hay un orden establecido para hacer bien las cosas, y reconocer nuestra realidad, por otra parte ya evidente a todo el mundo, es el primer paso de ese camino de arrepentimiento.
Sí, hay Photoshop en las fotos del príncipe.
Sí, soy pecador y necesito a Cristo.
No es tan difícil, prueba, incluso viene acompañado de una grata sensación de ligereza.
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