
Basado en el árticulo de Ana Sánchez Alarcón: "Protegiendonos de la Avaricia"
“Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.” Isaias 57
He escogido este versículo para abrir el artículo de hoy porque, a la hora de abordar cualquier tema relacionado con las finanzas o el dinero, debemos ser conscientes en todo momento que el Dios al que servimos es eterno, inmaterial y perfecto en sí mismo. No tiene necesidad alguna de que le ofrezcamos nada, y nada hay en este mundo que él ha creado que pueda ser digno de ofrecimiento. Dios únicamente está interesado en aquello relacionado directamente con nuestro corazón y nuestro Espíritu.
Sin embargo, partiendo de esta reflexión podemos llegar a preguntarnos por que el autor de la Vida nos ha dejado tantísimas ordenanzas relacionadas con los sacrificios, los diezmos y las ofrendas a lo largo de la Biblia. Arrojemos un poco de luz al respecto.
“Todos y cada uno de los preceptos que Dios ha dispuesto en su Palabra tienen un objetivo común: protegernos. Protegernos de nuestra propia inclinación al pecado y a la maldad. Una gran mentira que ha calado en vuestra sociedad es la afirmación de que los mandamientos de Dios nos privan de libertad. La realidad es que el Evangelio nos protege y nos libera de nuestra inclinación a la autodestrucción.” Ana Sánchez Alarcón
Tal y como dice la pastora de Centro Cristiano de Ames, el propósito de los mandatos Bíblicos son siempre salvaguardar nuestro corazón de actitudes que, aunque nos agraden, son tremendamente dañinas para nuestra vida.
En primer lugar debemos saber que nuestra ofrenda a Dios está constituida por dos realidades inseparables: en primer lugar ofrecemos nuestro dinero, resultado del esfuerzo en el trabajo y útil para suplir las necesidades oportunas de la congregación y, en segundo lugar, ofrecemos nuestra gratitud, fruto de nuestro corazón en reconocimiento a Dios por sus bendiciones. Está bastante claro que aquello que llega al cielo; aquello que Dios recibe de la ofrenda, es nuestra gratitud.
Sabemos que a Dios recibe nuestra gratitud porque Pablo en su 2ª epístola a los Corintios nos descubre que “Dios ama al dador alegre” (2ª Corintios 9:7). La alegría es la muestra física y externa de que nuestro corazón está agradecido con Dios. De no dar nuestra ofrenda o diezmo con gratitud, Dios no está recibiendo nada.
Debemos ser conscientes que tanto el diezmo como las ofrendas han sido establecidos para que nosotros podamos mostrar de manera tangible nuestro agradecimiento por lo que Dios ya nos ha dado. Es muy importante a la hora de ofrendar reconocer que a Dios le ofrendamos porque él ya ha sido bueno con nosotros. No le ofrendamos por lo que nos pueda dar en un futuro.
Para que nuestra ofrenda esté colmada de gratitud debemos recordar el hecho de que Dios nos ha librado de un destino de separación y condenación; que para ello ha tenido que entregar a su propio hijo por nosotros, y que a cambio nos ha dado un destino eterno con él simplemente por reconocerlo como Dios soberano y aceptar el sacrificio de Jesús como único pago por nuestros pecados. Pero es que además de esta promesa sublime, gloriosa e inmerecida, nuestro Padre se ha comprometido a ocuparse de nosotros en los pocos años que pasemos en la Tierra.
“Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano. Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.” Salmos 37.
“No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” Mateo 6.
Sin lugar a dudas Dios es más que generoso. Nos ha dado sobreabundantemente y de lo mucho que nos da, nosotros en gratitud le damos una muy pequeña parte. Para intentar entender este hecho quiero que penséis en esta ilustración:
Un afamado y multimillonario empresario decide enviar a uno de sus empleados a estudiar una carrera a un país extranjero con el propósito de que allí se forme como futuro heredero ya que a su vuelta pasará a ser uno de los propietario de la empresa y por consiguiente de la fortuna que ostenta su jefe. El joven tendrá que pasar los próximos 5 años únicamente preocupado de estudiar ya que el jefe no solo ha decidido pagarle los estudios si no que se ocupa del coste de la residencia donde se hospedará. Además para que pueda vivir con cierto desahogo el multimillonario ha hecho uso de su influencia para que uno de sus clientes le proporcione un trabajo que no le suponga una carga excesiva para su actividad lectiva.
Cada fin de mes el joven vuelve a su país trayendo consigo algunos productos típicos del lugar donde está estudiando porque sabe que a su jefe le hace ilusión que se acuerden de él. Sin embargo cada vez que tiene la oportunidad comenta lo desgraciado que es en ese país lejos de las comodidades de su ciudad, lo duro que es el trabajo y lo difícil que es cuadrar el presupuesto teniendo que traer cada mes un repertorio de productos típicos.
Podemos afirmar sin equivocarnos que el joven del ejemplo actúa de manera egoísta y desagradecida puesto que no parece de recibo quejarse por tener que trabajar, o por tener que traer algún presente cada mes, cuando únicamente 5 años de esfuerzo supondrán toda una vida de bienestar. Incluso aunque el jefe decidiera no pagar su residencia o su trabajo, el mero hecho de darle la oportunidad de heredar su empresa debería ser motivo de extremo agradecimiento. Desgraciadamente en demasiadas ocasiones nosotros actuamos del mismo modo, quejándonos por tener que ofrendar ya que vemos este acto como un requisito, una carga y no como una oportunidad de mostrarle afecto sincero a nuestro Señor y Salvador.
Bajo ningún concepto podemos creernos con el derecho de no ser agradecidos a Dios Si pensamos que todo cuanto tenemos lo hemos logrado con nuestro esfuerzo o inteligencia, entonces nos resultará una pesada carga el dar ofrendas y diezmos. Para que esto no ocurra y la ingratitud no tenga lugar en nuestro corazón Jesús nos dejó una enseñanza sencilla pero revolucionaria que convierte el momento de la ofrenda en un canal de bendición inmenso para nuestras vidas. Jesús nos pide que reflexionemos.
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” Mateo 5
Si atendemos a las palabras de Jesús y antes de ofrendar dedicamos un tiempo a la reflexión estaremos trayendo a nuestro corazón los motivos por los que damos esta ofrenda y podremos calibrarlos debidamente. Si cuando vayamos a ofrendar recordamos el sacrificio de Jesús y como perdonó nuestra maldad, en gratitud a él nosotros perdonaremos a los que nos han ofendido. Si antes de ofrendar recordamos como Dios nos ha provisto y como nos ha restaurado, nosotros, en agradecimiento, haremos lo mismo. Si antes de diezmar reflexionamos, podremos pedir que Dios nos perdone nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. De una manera magistral y tremenda Jesús ha convertido el acto de ofrendar en un motivo de reconciliación con Dios y con nuestros semejantes.
Es realmente asombrosa la importancia que Dios le da a la actitud de nuestro corazón. A la luz de 1ª Juan 4:20 (“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”) No podemos decir que amamos a Dios si tenemos algo en contra de nuestro hermano. No podemos ofrendar diciendo que le damos nuestra gratitud a Dios por su perdón si ese perdón nosotros no lo estamos ejerciendo sobre los demás.
Perdonar a nuestro hermano es una manera práctica de mostrar agradecimiento. Así de arraigada debe estar en nosotros la gratitud al Señor por encima del orgullo, por encima de la razón, por encima de nosotros.
Además este llamamiento a la reflexión produce en nosotros un mayor acercamiento a la humildad puesto que desterramos la ingratitud y la soberbia al saber que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.” Nada depende de nosotros, ni nos pertenece y todo se lo debemos a él. La humildad no es si no tener el mismo concepto de nosotros que Dios tiene. El hecho de saber que todo cuanto tenemos es por gracia de Dios nos hace incapaces de darle lugar al orgullo. Saber que todos somos pecadores y Dios nos salvó nos ayuda a ver a las demás personas tal y como Jesús las vio, con compasión. La humildad es el secreto para vivir cerca de Dios.
“Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados.” Isaias 57
“(…) y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” 1ª Pedro
“Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. Salmo 51
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