
Es Domingo y me encuentro sentado en mi lugar habitual dentro del local de culto esperando a que el predicador inicie su exposición de la Palabra. Comienza con el ya clásico “abran sus Biblias y busquen…” para continuar señalando el versículo 21 del capítulo 17 del primer libro del profeta Samuel. Tomo mi Biblia, localizo el versículo y me dispongo a leer cuando, inevitablemente, observo esa magnífica anotación que las Sociedades Bíblicas disponen antes de cada capítulo o párrafo relevante. En esta ocasión el capítulo 17 viene titulado como: “David héroe Nacional”.
En cuestión de milésimas se inician en mi subconsciente una serie de asociaciones en cadena que, tomando como referencia esas tres palabras, me llevan hasta una terrible afirmación que termino evocando en forma de nota mental y que reza así: “esta ya me la sé”.
Por mi cabeza ha pasado en ese periodo de tiempo todo tipo de referencias hacia la historia de David y Goliat en una espiral de documentación interna que ha logrado combinar películas con lecciones de escuela dominical con estudios bíblicos con campamentos con talleres y con otras predicaciones llevándome a la dramática conclusión de que ya no hay nada en esta porción bíblica que no haya escuchado ya.
Aún no ha dado comienzo la lectura del primer versículo y yo ya estoy debatiéndome entre prestar atención o terminar por evadirme mental y silenciosamente durante los próximos 45 minutos. Definitivamente tengo un problema.
Pese a que este ejemplo pueda parecer exagerado o incluso excepcional, lo cierto es que toda esta serie de acontecimientos nos es propia a una generación que ha crecido en el evangelio y ha estado sometida a una sobreexposición de datos y anécdotas sin poseer la estructura interna necesaria para su correcta asimilación.
Como ya adelanté en mi entrada anterior, somos pasto de la sociedad de consumo. No solamente consumimos recursos, productos y servicios si no que a diario consumimos información. Hay más información de la que podemos procesar y nuestra mente tiende a desechar continuamente gran parte de ella para recibir contenidos nuevos. Leí en cierta ocasión que un ciudadano en la actualidad recibe más datos en la portada de un periódico que un campesino del Medievo en toda su vida.
Por este motivo la manera de relacionarnos con la información está cambiando drásticamente. Hasta hace solo unas décadas a los niños se les exhortaba a recordar una serie de lecciones, fechas y acontecimientos. Muchas son las anécdotas de nuestros mayores en relación a su memorización exhaustiva de la geografía española, la tabla periódica o los reyes Godos. Hoy en día en los institutos se habla de capacidad de síntesis, de análisis y de búsqueda. Lo más importante es que los jóvenes sean capaces de “encontrar” la información que necesitan en un determinado momento. Por eso se incentiva el uso de ordenadores desde edades cada vez más tempranas, por eso Wikipedia tiene artículos sobre cada una de las cosas que nos rodean por muy insignificantes que sean y por eso Google es un emporio multinacional surgido de un algoritmo de búsqueda. Ya no es importante saber y memorizar si no tener los mecanismos y recursos necesarios para localizar.
El problema surge cuando trasladamos esta tendencia a nuestra vida cristiana y nos encontramos en una disyuntiva demasiado seria como para ser ignorada. ¿Existe acaso alguna materia de la Palabra que no merezca ocupar lugar en nuestra memoria? ¿Podemos acudir a la Biblia como si de un manual se tratara para encontrar respuestas en momentos determinados sin conocerla por completo? La propia Biblia se contesta a sí misma en el Salmo 119.160: “La suma de tu Palabra es Verdad” y en el Nuevo Testamento Pablo habla de anunciar “Todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27).
Cuando nos acercamos a la Biblia en la búsqueda de una palabra o pasaje concreto que nos ayude en nuestra situación personal solemos cometer errores de bulto porque no somos conscientes de que el consejo Bíblico no se haya únicamente en un versículo, un capitulo o incluso un libro. El consejo Bíblico se desarrolla a lo largo de toda la Palabra.
Pongamos un ejemplo:
Cierto matrimonio cristiano se encuentra ante un problema serio como puede ser el que uno de sus hijos comience a desvincularse de la Iglesia progresivamente hasta que, cumplida una edad, decide alejarse por completo para dirigir su vida según su propio criterio. La familia está muy afectada por este hecho y en un gesto acertado lo padres deciden acudir a la Biblia en busca de consejo. Sin embargo están acostumbrados a tratar con la Palabra del mismo modo que tratan con cualquier otro tipo de información o manual, con lo que se disponen a seleccionar la información más precisa para su problema evitando para ello otras partes que en principio no tienen nada que aportar. Para ello decide hacer uso de una herramienta cada vez más habitual como es internet.
Encienden su ordenador y se dirigen a Google buscando frases del estilo: “hijos apartados de la Fe, respuesta bíblica”. Pulsan ese fantástico botón de “voy a tener suerte” (porque son cristianos y saben que en alguna ocasión los apóstoles hicieron uso del azar para hallar respuesta a alguno de sus problemas) y se topan de morros con el versículo de Proverbios 6:22 que dice así: “Instruye al niño en su camino, y cuando fuere viejo no se apartará de él”. De pronto un sentimiento de culpabilidad comienza a apoderarse de ellos. No era la respuesta que esperaban, así que no se dan por vencido y continúan la búsqueda. Revisan algunas páginas más para terminar encontrando más adelante el siguiente titular:: “Porque el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” 1º Timoteo 3:5. Ahora el caos y la desesperación ya son totales. No solamente han fracasado como padres si no que definitivamente se han cerrado las puertas al ministerio.
Deciden dar una oportunidad más al “hermano Google” (parafraseando al profesor Alejandro Abraham) y finalmente consiguen encontrar cierto alivio en una página Web que se titula “Promesas Bíblicas” y que señala el versículo de Hechos 16:31 (Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa) como una promesa de las que 2ª de Corintios 1:20 certifica que “en él son Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios”.
El matrimonio apaga el ordenador, se mira y sin dirigirse palabra se alejan sin saber exactamente en qué situación se encuentra la salvación de su hijo, su labor como padres y su ministerio cristiano.
Obviamente el consejo adecuado para esa familia no se encuentra en ninguno de esos versículos por separado, ni si quiera en la suma de todos ellos, si no que un análisis en profundidad de toda la Biblia nos daría paso a hablar del libre albedrío, nos advertiría de casos semejantes reflejados en la Palabra como el rey David, Samuel, Job. Nos explicaría el contexto de cada uno de ellos y nos pondría en manos del Padre que al fin y al cabo es quien ha de juzgar todas las cosas. La Biblia trasmite paz, no confusión; trasmite esperanza, no derrota. Somos nosotros los que, buscando la comodidad, terminamos por tergiversar muchas de sus enseñanzas. Afortunadamente en la mayoría de los casos estas confusiones terminan en una charla con el pastor o líder correspondiente y no en otras opciones más turbias como herejías o escisiones sectarias.
Es por ello que el mandato Bíblico es claro al respecto: “todo el consejo”, “toda la Palabra” sin desechar nada. No podemos erigirnos en jueces y establecer que doctrinas o pasajes nos ayudan en nuestra vida y cuáles tienen un carácter secundario. Nos equivocaríamos de plano si creemos que somos capaces de ir a la Biblia para buscar el consejo necesario en cada situación si primeramente no hemos hecho un esfuerzo en conocerla completamente y en profundidad.
Podemos tomar como ejemplo de ello el propio relato bíblico y más concretamente los evangelios. Para certificar la autenticidad del ministerio de Jesús como Mesías, los diferentes autores hicieron no pocas referencia a diversos pasajes del Antiguo Testamento. A priori podríamos pensar que los evangelistas usaron los episodios veterotestamentarios más explícitos con respecto a la venida del Cristo como puede ser el libro de Isaías. Sin embargo, inspirados por el Espíritu Santo, se nutrieron también de los Salmos o el Pentateuco para demostrar la veracidad del mensaje de Jesús hasta el punto de encontrar referencias en el antiguo testamento acerca de la manera en la que perecería Judas Iscariote (Hechos 1:20).
Sin duda es nuestro deber dedicar el tiempo suficiente a conocer y conocer en profundidad la Palabra de Dios al completo, sin preferencias, sin sesgos. Es el primer paso para afrontar el futuro que nos espera como Iglesia. Todo cuanto está escrito en la palabra es útil para nuestras vidas y no podemos obviar nada.
Dicho esto no podemos obviar que el conocimiento de las escrituras es solamente el primer paso hacia una vida de madurez. Es solo una cara de la moneda. La experiencia fundamental de nuestra vida cristiana es la que nos hace pasar de ser “oidores” a ser “hacedores”. Siguiendo con el ejemplo con el que comencé este blog ¿de qué me sirve conocer todos los detalles de la hazaña de David frente a Goliat si no soy capaz de manejarme con el mismo respaldo que tuvo él ante retos aparentemente imposibles? La vida de Fe es eminentemente práctica. Un cristiano sano y en crecimiento aquel que pone en práctica todo aquello que va descubriendo en la Biblia.
“¿Qué pues haremos?”
Tras localizar, aislar y reconocer el problema debemos aprender a resolverlo según la manera que Dios ha provisto. Y es de esto exactamente de lo que hablaré en mi próxima entrada del Blog. Intentaremos hallar en la Biblia aquellos mecanismos que nos van a ayudar a transformar los hábitos que la sociedad nos ha inculcado por los que Dios desea que trabajemos. Hasta entonces os recomiendo que hagáis el esfuerzo de leer, entender y reflexionar acerca del capítulo 12 de la epístola de Pablo a los Romanos.
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
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